La advertencia de la novia

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El novio permaneció inmóvil durante unos segundos. Frente a él estaban las dos mujeres vestidas exactamente con el mismo vestido de novia. Una se encontraba a su lado, temblando, con lágrimas en los ojos y varias marcas visibles en el rostro y los brazos. La otra permanecía al fondo del elegante vestíbulo, junto a la gran escalinata, completamente tranquila.

El silencio que siguió fue todavía más inquietante que cualquier grito. Los enormes candelabros de cristal iluminaban el mármol a cuadros, mientras las puertas doradas permanecían abiertas detrás de ellos. El novio miró primero a la mujer que sostenía sus hombros y después a la que estaba frente a las escaleras.

—Dime quién es ella —preguntó él, sin apartar la mirada de la otra mujer.

La novia herida respiró con dificultad. Parecía estar reuniendo fuerzas para explicar algo que llevaba demasiado tiempo intentando contar.

—Es la razón por la que no pude llegar antes.

La mujer de las escaleras inclinó ligeramente la cabeza. No parecía sorprendida. Al contrario, observaba la escena como si hubiera estado esperando aquel momento.

—No la escuches —dijo con calma—. Está asustada y no sabe lo que dice.

El novio dio un paso hacia adelante, pero la novia herida lo sujetó con más fuerza.

—No te acerques a ella.

—¿Por qué? —preguntó él—. ¿Qué te hizo?

La joven miró hacia las escaleras. Su expresión cambió al recordar lo ocurrido. El miedo volvió a aparecer en sus ojos.

—Me siguió hasta aquí. Quería que desapareciera antes de que tú me vieras.

El novio frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido. ¿Por qué alguien querría hacerte daño el día de nuestra boda?

La otra mujer sonrió ligeramente.

—Porque quiere que creas que yo soy la culpable.

La novia herida negó con la cabeza inmediatamente.

—No. Eso es exactamente lo que quiere que pienses.

El novio observó nuevamente a ambas mujeres. El vestido era idéntico. Los detalles de pedrería, el bordado, la forma de la falda y hasta las joyas parecían pertenecer al mismo conjunto. Pero había algo que no podía ignorar: la mujer que tenía delante estaba herida, mientras que la otra permanecía completamente intacta.

—Si realmente eres mi prometida —dijo él mirando a la mujer de las escaleras—, entonces dime algo que solamente nosotros dos sepamos.

La mujer guardó silencio.

El novio volvió la mirada hacia la joven que estaba junto a él.

—Y tú tampoco respondas. Quiero escucharla primero a ella.

La mujer de las escaleras bajó lentamente un escalón.

—No tienes derecho a interrogarme después de todo lo que hemos vivido.

—Precisamente por eso necesito una respuesta.

Ella bajó otro escalón.

—Nuestra primera cita fue en un restaurante pequeño. Llovía y tú olvidaste tu paraguas.

El novio permaneció serio.

La novia herida lo miró con preocupación.

—Eso puede saberlo cualquiera que haya investigado nuestra relación.

—Entonces dime algo más —respondió él.

La mujer de las escaleras volvió a quedarse callada.

El novio esperó unos segundos.

—¿Qué me dijiste aquella noche antes de despedirnos?

La expresión de la mujer cambió por primera vez. Ya no parecía tan segura.

—Te dije que… que no quería que terminara la noche.

El novio negó lentamente con la cabeza.

—No.

La novia herida cerró los ojos por un instante, como si hubiera esperado que llegara ese momento.

—Tú me dijiste que esperabas volver a verme cuando dejara de llover —explicó el novio—. Y yo te respondí que entonces tendría que aprender a llevar paraguas.

La mujer de las escaleras permaneció en silencio.

El ambiente se volvió todavía más tenso.

—¿Cómo sabes tantas cosas sobre nosotros? —preguntó él.

Ella no respondió.

La novia herida dio un paso hacia adelante, aunque todavía parecía débil.

—Porque alguien le contó todo. Alguien que conocía nuestra historia.

El novio la miró.

—¿Quién?

La joven bajó la mirada.

—No lo sé. Pero sé que no estaba sola.

En ese momento se escuchó un ruido procedente de una de las habitaciones laterales. Los tres voltearon al mismo tiempo.

El novio levantó una mano para pedir silencio.

—¿Hay alguien más en la casa?

Ninguna respondió.

El sonido volvió a escucharse, esta vez con mayor claridad. Parecía una puerta cerrándose en algún lugar del piso superior.

El novio miró hacia la escalera.

—Quédate aquí.

La novia herida lo sujetó del brazo.

—No. No subas.

—Necesito saber quién está aquí.

—Eso es lo que quieren.

El novio se detuvo.

—¿Quiénes?

La joven tragó saliva.

—Las personas que prepararon todo esto.

La mujer de las escaleras aprovechó el momento para comenzar a bajar lentamente. Su rostro continuaba siendo frío, pero ahora había una evidente tensión en sus ojos.

—Deja de inventar historias —dijo.

La novia herida respondió inmediatamente:

—Entonces mírame y dime que no me conoces.

La otra mujer se detuvo.

El novio observó atentamente la reacción de ambas.

—¿Se conocían antes de hoy?

La mujer de las escaleras no respondió.

La novia herida asintió lentamente.

—Sí.

—¿De dónde?

—De antes de que tú aparecieras en mi vida.

El novio quedó desconcertado.

—¿Y por qué nunca me hablaste de ella?

La joven respiró profundamente.

—Porque pensé que todo había terminado.

La otra mujer soltó una pequeña risa.

—Pero no terminó.

El novio se volvió hacia ella.

—¿Qué significa eso?

—Significa que ella sabe perfectamente por qué estoy aquí.

La novia herida dio un paso atrás.

—No quería que esto sucediera.

—Pero sucedió —respondió la otra mujer—. Y ahora él merece conocer toda la verdad.

El novio miró a ambas mujeres.

—Entonces díganmela.

Ninguna habló.

El silencio se prolongó mientras el reloj del vestíbulo marcaba lentamente el paso de los minutos.

Finalmente, la novia herida tomó una decisión.

—Antes de que llegaras a esta casa, recibí un mensaje.

—¿Qué mensaje?

—Me decía que no viniera a la boda.

—¿Quién lo envió?

—No aparecía ningún nombre.

El novio miró hacia la otra mujer.

—¿Y qué decía?

La joven levantó lentamente la mirada.

—Decía que si cruzaba esas puertas, tú nunca volverías a verme.

El rostro del novio cambió.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque pensé que era una amenaza vacía.

—¿Y después qué ocurrió?

La novia herida miró sus propios brazos marcados y luego volvió los ojos hacia la mujer de las escaleras.

—Después apareció ella.

La otra novia permaneció inmóvil.

El novio comenzó a comprender que aquella escena no era una simple confusión provocada por dos vestidos iguales. Alguien había preparado cuidadosamente cada detalle.

—¿Dónde está tu teléfono? —preguntó.

La joven revisó rápidamente sus bolsillos.

Su expresión se volvió de preocupación.

—No lo tengo.

—¿Qué?

—Lo tenía antes de entrar.

La mujer de las escaleras habló entonces con una calma inquietante.

—Yo sé dónde está.

El novio la miró fijamente.

—¿Dónde?

Ella señaló lentamente una pequeña mesa situada junto a una de las puertas doradas.

Encima había un teléfono.

La novia herida palideció.

—Ese es mi teléfono.

El novio se acercó unos pasos, pero antes de tocarlo, la pantalla se iluminó.

Había llegado un nuevo mensaje.

El novio lo observó desde cierta distancia.

—¿Qué dice?

La novia herida no respondió.

—Dímelo.

La joven levantó lentamente la mirada hacia él.

—Dice que ya es demasiado tarde.

En ese instante, las enormes puertas principales comenzaron a cerrarse lentamente.

El novio se volvió hacia ellas.

La mujer de las escaleras permaneció completamente quieta.

La novia herida tomó nuevamente la mano del novio.

—Ahora entiendes por qué intentaba detenerte.

Él apretó su mano y miró hacia las puertas que terminaban de cerrarse.

Por primera vez desde que había comenzado aquella extraña noche, dejó de preguntarse cuál de las dos mujeres decía la verdad.

Ahora comprendía que la pregunta más importante era otra:

¿Quién había preparado aquella trampa y qué pretendía conseguir con la boda?

La respuesta parecía estar dentro de aquella mansión.

Y ninguno de los tres sabía todavía que la siguiente puerta que se abriría cambiaría por completo lo que creían saber.

El verdadero peligro

El novio tomó el teléfono de la mesa sin apartar la mirada de las dos mujeres. La pantalla seguía mostrando el misterioso mensaje. No había nombre del remitente, solamente una advertencia.

La novia herida se acercó a él.

—No respondas.

—No voy a hacerlo.

—¿Entonces qué haremos?

El novio miró hacia la escalera, después hacia las puertas cerradas y finalmente hacia las dos mujeres que llevaban el mismo vestido.

—Vamos a descubrir la verdad.

La otra novia observó al hombre durante unos segundos.

Luego, lentamente, comenzó a subir nuevamente las escaleras.

—Si quieren saber la verdad —dijo sin mirar atrás—, tendrán que venir conmigo.

La novia herida negó con la cabeza.

—No subas.

Pero el novio ya había tomado una decisión.

—Esta vez no voy a dejar que nadie decida por mí.

Y mientras los tres se preparaban para descubrir qué había detrás de aquella misteriosa advertencia, una nueva notificación apareció en el teléfono.

El mensaje contenía solamente una frase:

“Cuando descubras cuál de las dos es la verdadera, recuerda que la traición no comenzó hoy.”

El novio levantó lentamente la mirada.

La noche de su boda acababa de convertirse en un misterio que ninguno de ellos podía abandonar.