Su marido contrató a tres hombres armados para rescatarla, pero alguien más quería verla muerta

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Su marido contrató a tres hombres armados para rescatarla, pero alguien más quería verla muerta

El viento golpeaba con fuerza el estrecho sendero mientras la niebla cubría las montañas. A pocos centímetros de un precipicio, una mujer intentaba mantener el equilibrio sobre las piedras húmedas. Detrás de ella, tres hombres armados le cerraban el paso. No había árboles suficientes para esconderse, ni una ruta segura por la que pudiera escapar sin arriesgar su vida.

Se llamaba Valeria y llevaba casi una hora huyendo sin saber exactamente de quién escapaba. Tenía la ropa manchada de barro, las manos temblorosas y el corazón acelerado. Cuando los tres desconocidos aparecieron frente a ella, levantó las manos para demostrar que no representaba una amenaza.

—No se acerquen —advirtió con la voz quebrada—. Sé quiénes son. Mi marido los contrató para matarme.

El hombre que encabezaba el grupo, un sujeto alto de barba corta y mirada seria, bajó lentamente el arma. Sus dos compañeros permanecieron atentos, observando tanto a Valeria como la niebla que se extendía detrás de ella.

—Tu marido sí nos contrató —respondió el líder—, pero no para matarte. Nos pagó para encontrarte y sacarte de aquí con vida.

Valeria soltó una risa nerviosa. Aquello le pareció una mentira demasiado conveniente. Si su esposo quería protegerla, ¿por qué había enviado hombres armados a perseguirla por una montaña? ¿Por qué no había llamado a la policía? Y, sobre todo, ¿cómo podía confiar en alguien que admitía haber recibido dinero de la misma persona a la que ella acusaba de querer verla muerta?

—No voy a creerles —dijo, retrocediendo un paso—. Él sabe que estoy aquí. Sabe que no tengo escapatoria.

El líder miró por encima de su hombro, hacia el camino que la niebla había borrado casi por completo.

—Precisamente por eso tenemos que irnos ahora. No somos los únicos que te están buscando.

Antes de que Valeria pudiera responder, una figura oscura comenzó a distinguirse entre la niebla. Los tres hombres se pusieron en alerta. El líder levantó una mano para ordenar silencio, y en ese instante la mujer comprendió que quizá aquellos desconocidos no eran la amenaza más peligrosa que tenía delante.

La noche en que Valeria descubrió que su marido mentía

Todo había comenzado dos días antes, cuando Valeria encontró algo extraño en el despacho de su esposo, Esteban. Llevaban seis años casados y, aunque durante los últimos meses él se había vuelto distante, ella nunca había imaginado que su vida pudiera convertirse en una pesadilla.

Esteban viajaba con frecuencia por motivos de trabajo. Solía regresar tarde, respondía llamadas en habitaciones cerradas y había comenzado a proteger su teléfono con una contraseña nueva. Cuando Valeria le preguntaba si ocurría algo, él respondía que estaba atravesando una etapa complicada en la empresa.

Ella había decidido creerle. No quería convertirse en una esposa que sospechaba de cada conversación o interpretaba cada silencio como una traición. Sin embargo, una tarde encontró una carpeta escondida detrás de varios documentos financieros.

Dentro había fotografías de carreteras de montaña, copias de reservas de hotel y una hoja con nombres, cantidades de dinero y fechas. No entendió todos los detalles, pero reconoció su propio nombre escrito en una de las páginas.

Debajo aparecía una cantidad considerable de dinero y una anotación que la hizo sentir un frío profundo en el estómago: «Traslado. Ruta norte. Confirmar entrega».

Valeria tomó fotografías de los documentos con su teléfono. Antes de que pudiera revisar el resto de la carpeta, escuchó los pasos de Esteban acercándose al despacho. Cerró todo de inmediato y fingió estar buscando un cargador.

Su esposo entró, la miró y después observó el escritorio.

—¿Qué haces aquí?

—Buscaba el cargador del teléfono.

Esteban no pareció convencido. Cerró la puerta y le preguntó si había tocado sus documentos. Valeria negó con la cabeza, pero la expresión de él cambió. Por primera vez desde que se conocían, ella sintió que su marido no estaba simplemente molesto: parecía asustado.

Esa misma noche, mientras Esteban se duchaba, Valeria revisó las fotografías que había tomado. Amplió una de las páginas y descubrió un nombre que aparecía varias veces junto a diferentes cantidades. También encontró una referencia a un encuentro en una propiedad aislada cerca de las montañas.

No sabía qué significaba, pero estaba convencida de que algo grave ocurría. Guardó las imágenes en una cuenta a la que Esteban no tenía acceso y preparó una pequeña bolsa con documentos, dinero y ropa.

A la mañana siguiente, le dijo a su marido que visitaría a una amiga. Él le sonrió de una manera extraña y le pidió que le avisara cuando llegara. Valeria salió de la casa, pero no fue a visitar a nadie. Tomó un autobús hacia una localidad cercana, convencida de que necesitaba alejarse hasta comprender lo que había descubierto.

No llegó muy lejos.

Un automóvil oscuro comenzó a seguirla poco después de abandonar la estación. Cuando intentó cambiar de dirección, el vehículo volvió a aparecer. Valeria terminó bajándose cerca de una carretera secundaria y se internó por un camino que ascendía hacia las montañas.

Había cometido un error: conocía muy poco aquella zona y no tenía un plan para escapar. Aun así, siguió avanzando porque el miedo a ser alcanzada por los ocupantes del automóvil era mayor que el temor a perderse.

Los tres hombres que conocían su nombre

Cuando los hombres armados la encontraron, Valeria ya estaba agotada. El primero que apareció le ordenó que se detuviera. Los otros dos se situaron a ambos lados del sendero, impidiéndole regresar por donde había venido.

Ella retrocedió hasta sentir el vacío a sus espaldas.

—¡No den un paso más! —gritó—. Mi marido les pagó, ¿verdad? ¿Cuánto les ofreció?

El hombre de barba corta no respondió inmediatamente. Guardó el arma en una posición menos amenazante y se presentó como Marcos. Dijo que los otros se llamaban Iván y Gabriel, aunque no explicó mucho más sobre ellos.

—Escúchame con atención, Valeria. Tenemos poco tiempo. Esteban nos contrató para encontrarte y protegerte. Sabía que alguien iba a intentar llegar hasta ti antes que nosotros.

—¡Dejen de mentir! —gritó ella—. Si mi marido quisiera protegerme, estaría aquí conmigo.

—No podía venir sin ponerte en más peligro.

—¿Y tengo que creer eso porque tú lo dices?

Marcos apretó la mandíbula. No parecía sorprendido por la desconfianza de la mujer. Tal vez ya esperaba encontrarla aterrorizada, convencida de que todos los hombres enviados por Esteban formaban parte del mismo plan.

—Tu marido nos explicó que habías encontrado unos documentos. También nos dijo que habías fotografiado parte de ellos.

Valeria sintió que se le helaban las manos. No había contado a nadie lo que encontró en el despacho. Ni siquiera a su amiga más cercana.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque Esteban nos mostró una copia de los documentos que cree que viste. Y porque quiere recuperarte antes de que los otros hombres te encuentren.

La mujer miró a Iván y Gabriel. Ninguno parecía dispuesto a atacarla, pero los tres llevaban armas y se movían con la seguridad de personas acostumbradas a situaciones peligrosas.

—¿Quiénes son esos otros hombres?

Marcos tardó unos segundos en contestar.

—Después de contratarnos, tu marido descubrió que alguien más había organizado una segunda operación. Ese segundo grupo no tiene instrucciones de rescatarte. Tiene órdenes de eliminarte antes de que puedas entregar la información que encontraste.

Valeria sintió que las piernas le fallaban.

—¿Esteban contrató a dos grupos?

—Eso es lo que sabemos. Él nos llamó cuando descubrió que la situación se le había escapado de las manos. No sabemos quién dirige al segundo grupo ni cuántos hombres vienen detrás de nosotros.

Valeria quiso hacer más preguntas, pero un ruido distante la interrumpió. Parecía el sonido de una piedra que caía por la pendiente. Después llegó otro ruido, más cercano, como una pisada sobre grava húmeda.

Marcos giró inmediatamente la cabeza.

—Tenemos que movernos.

La revelación que convirtió el miedo en desesperación

Valeria no se movió. Quería creer que aquellos hombres decían la verdad, pero cada detalle parecía conducir a una nueva pregunta. Si Esteban había contratado a Marcos para protegerla, ¿por qué no le había advertido personalmente? ¿Por qué había esperado hasta que ella terminara atrapada al borde de un precipicio?

—Necesito hablar con mi marido —exigió—. Ahora mismo.

Marcos sacó su teléfono y se lo mostró. Había varios intentos de llamada sin respuesta y un mensaje reciente que no parecía haber sido enviado por Valeria.

—Está intentando comunicarse contigo. Pero si enciendes tu teléfono o haces una llamada desde aquí, podrías revelar nuestra posición.

—¿Y si todo esto es una trampa?

—Entonces no tendrías ninguna razón para seguirnos. Pero tampoco puedes quedarte aquí.

La respuesta no le gustó, aunque contenía una verdad evidente. El sendero era demasiado estrecho para permanecer allí y el precipicio convertía cualquier movimiento brusco en un peligro mortal. La niebla impedía distinguir el camino que tenían delante y ocultaba lo que pudiera acercarse por detrás.

Marcos le explicó que su marido había recibido información sobre una reunión relacionada con los documentos. Al parecer, los nombres y las cantidades que Valeria había fotografiado estaban vinculados a una operación clandestina que varias personas necesitaban mantener oculta.

Esteban no les había contado todos los detalles. Según Marcos, solo les había pedido que encontraran a su esposa, la sacaran de la montaña y la llevaran a un lugar seguro. Les había advertido que no debían confiar en ninguna instrucción nueva que llegara de personas ajenas al equipo.

—¿Por qué tendría que confiar en ti si tú tampoco sabes toda la historia? —preguntó Valeria.

—No tienes que confiar ciegamente en mí. Tienes que entender que alguien se acerca y que no podemos quedarnos esperando a descubrir sus intenciones.

Gabriel, que vigilaba el camino de regreso, levantó dos dedos para llamar la atención de Marcos. Había visto movimiento entre las rocas, aunque la niebla no le permitía distinguir si se trataba de una persona o de una sombra producida por el viento.

Iván se acercó a Valeria sin tocarla.

—Hay una salida por el otro lado de la cresta. Si llegamos hasta allí, podremos alejarnos del precipicio.

—¿Y después qué? ¿Me llevarán con Esteban?

Marcos negó con la cabeza.

—Primero te pondremos a salvo. Después podrás decidir si quieres hablar con él. Pero antes tenemos que impedir que el segundo grupo llegue hasta ti.

Valeria observó las armas, la ropa oscura de los hombres y sus rostros tensos. No había nada tranquilizador en aquella escena. Sin embargo, por primera vez comprendió que los tres parecían tener tanto miedo de lo que venía detrás como ella.

Entonces escuchó una voz entre la niebla.

No pudo distinguir las palabras, pero reconoció que alguien estaba allí.

La sombra que apareció entre la niebla

Marcos levantó una mano y los otros dos hombres dejaron de hablar. Durante unos segundos, el único sonido fue el viento rozando las piedras y el golpeteo irregular de las ramas contra la ladera.

Una figura apareció lentamente en el camino que habían recorrido Valeria y los tres hombres. Primero se distinguió una silueta alta. Después, el contorno de unos hombros y una cabeza cubierta por algo oscuro. La persona avanzaba sin prisa, como si conociera perfectamente el sendero.

—¿Quién está ahí? —gritó Marcos.

La figura no contestó.

Valeria sintió que el estómago se le encogía. No sabía por qué, pero aquella presencia le provocó un terror mucho más intenso que el que había sentido al ver las armas de los hombres.

—Tenemos que irnos —susurró.

Marcos intentó mantenerla cerca del lado interior del camino, lejos del precipicio.

—No corras. El terreno está resbaladizo.

Pero Valeria ya no escuchaba. La sombra avanzó otro paso y una ráfaga de viento abrió momentáneamente la niebla. Durante una fracción de segundo, la mujer creyó reconocer algo en la forma de caminar de aquella persona.

Su rostro perdió todo el color.

—No… No puede ser.

Marcos la miró.

—¿Lo conoces?

Valeria no respondió. Retrocedió, tropezó con una piedra y se sostuvo de una roca para no caer. La figura seguía acercándose, y ahora parecía que llevaba algo en una de las manos.

—¡Valeria, mírame! —ordenó Marcos—. Si sabes quién es, dínoslo.

Ella negó repetidamente con la cabeza. Su respiración se volvió rápida y superficial. Todo lo que había intentado comprender desde que encontró los documentos regresó de golpe: la expresión de Esteban, las llamadas secretas, el automóvil que la había seguido y los nombres anotados en la carpeta.

—¡No quiero volver! —gritó.

Y echó a correr.

Iván intentó alcanzarla, pero Valeria se apartó de él y siguió avanzando por el sendero. Las piedras sueltas se desplazaban bajo sus zapatos. El precipicio quedaba a un lado y la niebla ocultaba las irregularidades del terreno. Marcos gritó que se detuviera, pero ella estaba demasiado aterrorizada para obedecer.

—¡Valeria, vas a caer! —gritó Gabriel.

La mujer giró brevemente la cabeza. Detrás de los tres hombres, la figura oscura había llegado a una zona más despejada. No podía distinguir su rostro, pero estaba segura de que aquella persona no había aparecido allí por casualidad.

Corrió hasta una curva donde el sendero se estrechaba entre una pared de roca y el vacío. Al intentar rodear una piedra cubierta de musgo, perdió el equilibrio y cayó de rodillas. El golpe le arrancó un grito de dolor.

Marcos llegó unos segundos después y se detuvo a una distancia prudente para no asustarla más.

—No voy a hacerte daño. Pero tienes que levantarte. No podemos quedarnos aquí.

Valeria lo miró con lágrimas en los ojos.

—Tú no entiendes. Si esa persona me encuentra, todo habrá terminado.

—Entonces dime quién es.

La mujer abrió la boca, pero no consiguió pronunciar el nombre. La sombra había desaparecido de la vista y el silencio que siguió fue todavía más inquietante.

El mensaje que nadie esperaba recibir

Mientras Iván ayudaba a Valeria a ponerse de pie, el teléfono de Marcos vibró. El líder del grupo miró la pantalla y su expresión cambió de inmediato. Había recibido un mensaje de un número desconocido, acompañado de una fotografía tomada desde un punto elevado de la montaña.

En la imagen aparecían los cuatro junto al precipicio. La fotografía parecía reciente y mostraba claramente que alguien los había estado observando desde antes de que la sombra surgiera entre la niebla.

Debajo había una frase breve: «Dejen a la mujer y podrán marcharse».

Marcos guardó el teléfono sin responder. Iván y Gabriel comprendieron que algo había cambiado, aunque todavía no sabían qué significaba el mensaje.

Valeria vio sus rostros y sintió que la esperanza se le escapaba.

—¿Qué decía?

Marcos no quiso mentirle.

—Alguien quiere que te abandonemos.

—¿Y van a hacerlo?

Él la miró directamente a los ojos.

—Aceptamos un trabajo para sacarte de aquí con vida. No vamos a cambiarlo porque alguien nos envíe un mensaje.

Por primera vez, Valeria no encontró una respuesta inmediata. No sabía si podía confiar en aquellos hombres, pero tampoco podía ignorar que acababan de rechazar una amenaza dirigida contra ellos mismos.

Marcos les indicó que debían continuar por el sendero interior. Antes de moverse, Valeria volvió la vista hacia el lugar donde había aparecido la sombra.

La niebla comenzaba a cerrarse otra vez. No había nadie a la vista, ni una señal que permitiera saber por dónde se había marchado aquella figura.

Pero entonces escucharon tres golpes secos procedentes de la montaña.

Los hombres se detuvieron. Marcos levantó la mano y Gabriel se volvió hacia la curva. Valeria sintió que el miedo regresaba con más fuerza. Los golpes se repitieron, esta vez desde una dirección diferente.

—No estamos solos —murmuró Iván.

Marcos no respondió. Miró a Valeria y después el camino que todavía tenían por delante. Sabía que el mensaje era una advertencia, pero no podía determinar cuántas personas los vigilaban ni cuál era su objetivo real.

Valeria apretó contra su pecho la pequeña bolsa que llevaba consigo. Dentro estaba el teléfono con las fotografías de los documentos. Si conseguía salir de la montaña, tendría una oportunidad de descubrir qué había hecho su marido y por qué alguien estaba dispuesto a pagar para silenciarla.

Sin embargo, todavía quedaba una pregunta más aterradora: ¿por qué había reconocido la forma de caminar de aquella sombra?

La respuesta podía cambiarlo todo. Y mientras los cuatro avanzaban lentamente entre las rocas, una voz surgió desde la niebla y pronunció el nombre de Valeria con una familiaridad que hizo que la sangre se le helara.

Ella se detuvo en seco. Marcos intentó sujetarla por el brazo, pero Valeria se apartó y miró hacia la oscuridad.

—No puede ser él —susurró.

La voz volvió a escucharse, más cerca esta vez.

Y antes de que alguno de los tres hombres pudiera reaccionar, Valeria comprendió que el secreto de su marido era mucho más peligroso de lo que había imaginado.