¿Deberían los alumnos reparar las mesas y sillas que dañan en lugar de ser expulsados?

• 8 min de lectura

¿Deberían los alumnos reparar las mesas y sillas que dañan en lugar de ser expulsados?

Cuando un estudiante raya una mesa, pinta una silla o grafitea parte del mobiliario de un colegio, la reacción puede ser inmediata: aplicar una sanción. En algunos casos, dependiendo de la gravedad y de las normas de la institución, incluso pueden considerarse medidas disciplinarias más severas.

Pero existe otra posibilidad que genera debate: que el estudiante tenga que reparar aquello que dañó.

La propuesta parece sencilla. Si rayó una mesa, que ayude a limpiarla. Si pintó una silla, que participe en su restauración. Si dañó deliberadamente algún elemento del colegio, que asuma una consecuencia relacionada con el daño que provocó.

La idea no sería humillar al estudiante ni utilizarlo como personal de limpieza. El objetivo sería convertir la consecuencia en una experiencia educativa que le permita comprender que sus acciones tienen efectos sobre otras personas.

¿Qué debería ocurrir cuando un alumno daña el mobiliario?

Las escuelas necesitan establecer normas para proteger sus instalaciones. Las mesas, sillas, paredes, puertas y demás espacios del colegio son utilizados diariamente por estudiantes, profesores y otros miembros de la comunidad educativa.

Cuando alguien los daña intencionalmente, el problema no afecta solamente al objeto. También puede generar gastos de reparación y perjudicar a otros estudiantes que necesitan utilizarlo.

Por eso, una conducta de este tipo no debería ignorarse.

La discusión aparece al momento de decidir cuál es la consecuencia más apropiada. Una opción es aplicar una sanción establecida en el reglamento. Otra posibilidad es incorporar una medida reparadora que permita al estudiante hacerse responsable directamente de lo que hizo.

Reparar el daño como parte de la disciplina

La reparación puede tener un componente educativo importante. En lugar de limitarse a recibir un castigo, el estudiante puede comprender de manera directa qué implica su conducta.

Si una mesa quedó marcada, puede participar en el proceso de restaurarla. Si una silla fue pintada, puede colaborar en devolverla a las condiciones anteriores, siempre bajo supervisión y de acuerdo con lo que resulte seguro y apropiado.

De esta manera, la consecuencia está relacionada con la conducta original.

El mensaje sería sencillo: si dañamos algo, debemos asumir responsabilidad por el daño causado.

Esta idea también puede ayudar a que los estudiantes comprendan que las instalaciones escolares no son objetos que puedan utilizarse sin consideración. Son recursos que pertenecen o están destinados a toda la comunidad educativa.

No se trata simplemente de castigar

La disciplina escolar suele asociarse con sanciones. Sin embargo, una consecuencia no necesariamente tiene que limitarse a castigar.

Una medida disciplinaria también puede buscar que el estudiante reflexione sobre lo sucedido, comprenda las consecuencias de sus decisiones y tenga la oportunidad de corregir parte del daño.

Esto no significa que toda conducta deba resolverse de la misma manera. La respuesta debería depender de las circunstancias concretas.

No es igual derramar accidentalmente pintura sobre una silla que tomar deliberadamente un marcador y escribir sobre varias mesas. Tampoco es igual una conducta aislada que una persona que repite constantemente acciones similares después de recibir advertencias.

La intención también importa

Antes de establecer una consecuencia, resulta razonable analizar qué ocurrió realmente.

Un daño accidental no necesariamente debería recibir el mismo tratamiento que una acción deliberada. La intención, la gravedad del daño, la edad del estudiante, sus antecedentes disciplinarios y las circunstancias pueden ser elementos importantes para determinar una respuesta adecuada.

Por ejemplo, si un estudiante raya accidentalmente una mesa durante una actividad, podría ser suficiente con que reconozca lo ocurrido y contribuya a solucionar el problema.

En cambio, si alguien destruye deliberadamente mobiliario o repite la conducta después de recibir medidas anteriores, el colegio podría considerar otras consecuencias contempladas en sus normas.

La disciplina funciona mejor cuando existe proporcionalidad entre la conducta y la respuesta.

¿Y si simplemente se expulsa al estudiante?

La expulsión puede estar contemplada como una medida disciplinaria para determinadas conductas graves, pero utilizarla como primera respuesta ante cualquier daño al mobiliario plantea preguntas importantes.

Una sanción severa puede establecer un límite claro y dejar en evidencia que dañar las instalaciones no está permitido. Sin embargo, también puede perderse una oportunidad para enseñar al estudiante a reparar directamente las consecuencias de su conducta.

Si un alumno abandona el colegio después de haber causado un daño, puede recibir una sanción, pero no necesariamente tendrá la experiencia de solucionar aquello que hizo.

Por eso, algunas personas consideran que, cuando las circunstancias lo permiten, una medida reparadora puede ser más educativa que una respuesta exclusivamente punitiva.

Reparar no significa humillar

Existe una diferencia importante entre una consecuencia educativa y una medida utilizada para avergonzar a un estudiante.

Si se decide que un alumno debe participar en la reparación de un objeto, la actividad debería realizarse de manera segura, respetuosa y bajo la supervisión correspondiente. No debería utilizarse para ridiculizarlo frente a sus compañeros ni convertir la sanción en una forma de humillación pública.

El objetivo debe ser que el estudiante comprenda la relación entre su acción y la consecuencia.

La idea podría resumirse así: no se trata de hacer sufrir al estudiante por haber cometido un error, sino de ayudarlo a comprender que sus decisiones tienen consecuencias y que también puede contribuir a solucionar el problema que provocó.

El colegio también enseña responsabilidad

La educación no ocurre únicamente frente a una pizarra. Los estudiantes también aprenden mediante las situaciones cotidianas que viven dentro del colegio.

Cuidar los espacios comunes, respetar los materiales y reconocer los errores son comportamientos que pueden formar parte de esa educación.

Cuando un estudiante comprende que una mesa dañada tendrá que ser reparada y que alguien tendrá que asumir el costo o el trabajo necesario para hacerlo, puede empezar a entender mejor el valor de los recursos que utiliza diariamente.

Ese aprendizaje puede ser útil fuera del colegio. En la vida adulta, las personas también deben hacerse responsables cuando dañan una propiedad, incumplen una obligación o provocan un perjuicio.

¿Deberían los padres participar?

La responsabilidad no necesariamente tiene que recaer únicamente sobre el colegio. Cuando ocurre una conducta disciplinaria importante, la comunicación con la familia puede ayudar a encontrar una respuesta adecuada.

Los padres o tutores pueden conocer lo ocurrido, conversar con el estudiante y participar en la búsqueda de una solución cuando corresponda.

Esto también permite evitar que la consecuencia escolar se convierta en un simple castigo aislado. La familia y la institución pueden transmitir un mensaje coherente sobre la importancia de cuidar los espacios compartidos y asumir responsabilidad.

Una consecuencia debe ser proporcional

No todos los daños deberían recibir exactamente la misma respuesta.

Un pequeño rayón accidental no puede compararse automáticamente con la destrucción intencional de una cantidad considerable de mobiliario. Tampoco debería ignorarse la posibilidad de que existan estudiantes que repitan la conducta de manera deliberada.

Por eso, una política disciplinaria razonable podría considerar diferentes factores antes de determinar la consecuencia.

La gravedad del daño, la intención, la frecuencia de la conducta, la edad del estudiante y las normas del centro educativo pueden ayudar a determinar qué medida resulta más adecuada.

En algunos casos podría bastar con una reparación. En otros, podrían ser necesarias medidas adicionales establecidas por el reglamento escolar.

¿Castigar o enseñar?

La discusión sobre las mesas y sillas dañadas termina llevando a una pregunta más amplia sobre la disciplina escolar.

¿El objetivo de una sanción es solamente castigar una conducta incorrecta o también debería ayudar al estudiante a aprender de ella?

Ambas funciones pueden coexistir. Una institución necesita límites claros y consecuencias para determinadas conductas, pero también puede aprovechar algunas situaciones para enseñar responsabilidad.

En ese sentido, reparar un objeto dañado puede convertirse en algo más que una tarea. Puede ser una oportunidad para que el estudiante vea directamente el resultado de una decisión que tomó.

Una alternativa que necesita reglas claras

La reparación del daño no debería aplicarse de manera improvisada. Cada institución educativa tiene sus propios reglamentos y debe determinar qué medidas son apropiadas dentro de su contexto.

Además, cualquier actividad de reparación debería ser segura y adecuada para la edad del estudiante. No tendría sentido convertir una consecuencia disciplinaria en una actividad que pueda ponerlo en riesgo.

La supervisión de adultos y la definición clara de lo que el estudiante debe hacer también son importantes.

De esta manera, la reparación puede mantenerse como una herramienta educativa y no convertirse simplemente en un castigo disfrazado.

Una segunda oportunidad para aprender del error

Los errores forman parte del proceso de aprendizaje. Eso no significa que deban quedar sin consecuencias, especialmente cuando afectan a otras personas o a bienes utilizados por toda una comunidad.

Pero una consecuencia puede tener diferentes objetivos. En determinadas circunstancias, permitir que un estudiante repare el daño que provocó puede enseñarle algo que una sanción aislada quizá no consiga transmitir.

Si rayó una mesa, puede comprender el trabajo necesario para recuperarla. Si dañó una silla, puede observar lo que cuesta devolverla a buenas condiciones. Y si grafiteó un espacio común, puede entender que alguien tendrá que dedicar tiempo y recursos para corregirlo.

Al final, la disciplina no siempre consiste en imponer el castigo más severo. En algunas situaciones, puede consistir en establecer una consecuencia proporcional que ayude al estudiante a comprender su responsabilidad.

La pregunta queda abierta: si un alumno daña una mesa o una silla del colegio, ¿debería tener primero la oportunidad de repararla y asumir las consecuencias de lo que hizo antes de considerar una sanción más severa?